La tacita de azúcar


"Sr., ¿me daría una tacita de azúcar?".

Esta pregunta, tan frecuente en los barrios donde los vecinos son parte de la familia, la formuló Uma, una niña de diez años, bonita, de rostro redondo enmarcado por negrísimos cabellos ensortijados. Sus ojos pardos hablaban más que su boca.

"Sí querida, entrá que traigo el azúcar y lleno tu tacita"

Uma (educada a ser respetuosa con las personas y especialmente con los mayores) dió las gracias y traspasó el umbral de la puerta de la casa pegada a la suya.

"¡Qué linda es!" pensó.

En la sala había muchos colores, distribuídos en alfombras, almohadones, cuadros, adornos...

La sala de su casa era oscura, descolorida, desde que su papá se fué.

Quizás su mamá se había olvidado de la paleta de colores con la que pincelamos nuestra vida.

Volvió el dueño de casa con el azucarero y lentamente llenó la tacita que Uma apretaba con fuerza con las dos manos. El hombre observó a la niña, sabía algo de su historia, notó el brillo de su mirada recorriendo la sala de colores.

Quitó con suavidad la tacita sin tiempo de las manos de la niña y le dijo mirándola con cariño: "¿te gustaría que cambie esta taza por una más grande, con dibujos y muchos colores?"

La pequeña hizo un gesto gracioso con la boca, algo parecido a un mohín de extrañeza. Pero inmediatamente asintió con la cabeza, con los ojos y con todo su cuerpo.

Minutos después tenía en sus manos un tazón multicolor, con amarillos, rojos y azules, llenito del dulce alimento.

Uma agradeció con un beso el maravilloso regalo y corrió a su casa.

Desde ese día el tazón ocupó el centro de la mesa de la sala. Ese espacio otrora oscuro, opaco, cobró vida, irradiaba colores y luz cuando el sol, que apenas entraba por la ventana, se posaba sobre él.

La niña del ensortijado y negrísimo cabello, dedicaba un buen rato cada día a mirar el tazón y llenar sus ojos pardos de amarillos, rojos y azules.

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