El sótano


Una casa antigua y vieja ( hay casas antiguas que parecen nuevas), así al menos la percibía yo con mis escasos seis años. Estaba ubicada en un barrio comercial de Montevideo, sobre una avenida ancha, transitada de día y solitaria por las noches. Pertenecía a mis abuelos paternos, al frente se exhibían en una vidriera, distintas hierbas, el negocio de mi abuelo: herboristería. Era un estudioso de la medicina natural y atendía personalmente su comercio con dedicación y entusiasmo. Él mismo preparaba las mezclas de las hierbas. Recuerdo el té Sillustani, con un exquisito sabor que ingeríamos sobre las comidas para facilitar la digestión...............Los miércoles a la noche se reunía la familia en la casa de los yuyos, como le llamábamos la primada. Dibujando el árbol genealógico en la cena a mitad de semana, nos sentábamos frente a comidas algo exóticas para mi gusto en aquella época (por ejemplo: pato a la naranja), los abuelos, mis padres, mi hermano, yo, mis tíos y mis dos primas. Dormía cerca del grupo: Bijou, un enorme gato de angora, precioso pero de muy mal carácter, sólo permitía que lo acariciara su amo, era la mascota más mimada de mi abuelo (tenía otras: una cabra, de la cual tomaba su leche como Ghandi, y varios pajaritos en pequeñas jaulas).....Pero niños al fin, no había miércoles que no volviésemos a nuestra casa con arañazos, especialmente mi prima Elvira y yo, las más traviesas...........En esa vieja y descolorida casa había dos cosas que llamaban mi atención y hacían que esperase con ansias el encuentro familiar: un sótano y el baño turco de mi abuelo Orgelio, éste último ubicado convenientemente en el enorme y único baño de la casa y de uso exclusivo del jefe de la casa. A pesar de la prohibición de tocar ese extraño armatoste, no pasaba miércoles que no me acercara y lo examinara con detenida atención, tratando de descubrir cuál era su misterio. Pero lo máximo, lo fantástico y aterrador para nuestras mentes infantiles estaba ubicado en......el sótano. Luego de la cena, los mayores hacían sobremesa charlando animadamente de temas del momento. Los niños teníamos permiso para dejar el comedor y salir al patio a jugar. En ese momento se formaban dos grupos: el de los miedosos, mi hermano y mi prima mayor y el de los audaces integrado por mi prima Elvira y yo. Sigilosamente nos dirigíamos al lugar más terrorífico de la casa, no sin antes asegurarnos que el grupo de los débiles no nos delataran con los mayores (generalmente los amenazábamos con fuertes pellizcos). Contrariamente a lo que ahora imagino como sótano, ese en particular tenía su acceso por una escalera amplia de baldosas, ubicada por detrás del negocio de yuyos. Las aventureras bajábamos casi a oscuras, escondiendo el miedo con el poder de la curiosidad, al llegar al sótano una luz mortecina, que estaba siempre encendida, provocaba sombras dibujando extrañas y aterradoras figuras en las paredes lastimadas por la humedad. El lugar estaba lleno de estantes con pequeños cajones donde se almacenaban las distintas hierbas, morteros para hacer las mezclas, grandes bolsas de arpillera cerradas que aumentaban aún más nuestra curiosidad infantil. El aroma que impregnaba el lugar era inentendible para nuestras naricitas, aún en período de entrenamiento. Tratábamos de mirar y rozar suavemente todo lo que había en el sótano, a pesar de que repetíamos los mismos movimientos todos los miércoles, el misterio, la fantasía, lo prohibido y lo inexplicable, lograban cada noche borrar de nuestras jóvenes mentes, la experiencia vivida, de ese modo cada semana, la adrenalina invadía nuestros cuerpecitos como si nunca hubiésemos bajado al terrible lugar. Permanecíamos allí apenas unos minutos, lo suficiente para embelesarnos, extasiarnos y aterrorizarnos, pero con la felicidad de sentirnos la únicas valientes. Y entonces aparecía la abuela Julia (matrona de caderas anchas, a quien queríamos y respetábamos), comprendíamos que el grupo de los miedosos, a pesar de nuestras adevertencias, siempre nos delataban. A pesar de la firmeza con la que la abuela nos hacía subir, yo notaba un brillo en su mirada, que interpretaba como admiración por tener dos nietas tan audaces.........Creo que de esas experiencias de mi niñez, surgió mi vocación por conocer los misterios de la mente. No en vano el inconsciente es metafóricamente expresado como un sótano lleno de cajones.

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