Navegando en aguas de luces


Una explosión de colores, púrpura, naranjo y magenta atardecía sobre el espejo del lago. Aquel lago que fué testigo de los susurros de tantas parejas enamoradas.

Un pequeño bote se deslizaba silencioso hacia el centro de las aguas quietas, oscuras aún. Un joven, niño casi, remaba suavemente produciendo semicírculos que fragmentaban la superficie del extraño lugar. Sus ojos entrecerrados parecían medir distancias, debía llegar a la otra orilla antes de oscurecer.

Alguien le esperaba.

El agua, ya con luces atardecidas, lo hipnotizaba, somnoliento remaba cada vez más lento, con movimientos rítmicos y dormidos. Una extraña sensación, mezcla de incertidumbre, curiosidad y miedo se apoderó de él.

No entendía si las luces que se veían en el agua procedían del cielo rasgado o del fondo del lago.

¿Cuál era el misterio?.

El joven dejó de remar, parecía confundido, un extraño aroma lo embriagaba. El perfume del crepúsculo y de las flores silvestres, abundantes en las orillas, le causaban un estado de éxtasis, agradable pero inentendible.

El botecito estaba inmóvil, mirando de lejos parecía un cuadro clásico, de esos que vemos en las salas de hogares sencillos.

El tiempo se hacía viejo, el joven casi niño, se durmió soñando con sirenas.

Al despertar, ya noche oscura, amenazante, miró a su alrededor, ya no había agua, sólo luces de colores que danzaban en torno a él, como queriendo atraparlo.

No tuvo miedo, pero su estómago percibió un vértigo desagradable, ¿dónde estaba?. No lo sabía.

Poco a poco se fué hundiendo en las luces danzarinas y desapareció...

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