Un paseo por el aire




El telesférico o telebola, como me gusta llamarle, es un transporte adrenérgico al paraíso. Priscilla, Paloma y yo, nos despertamos muy animadas con el pensamiento en una nueva aventura. Descubriríamos una hermosa playa y para llegar a ella decidimos hacerlo en esas (vistas de lejos) bolitas que parecen suspendidas en el aire, subiendo y bajando del morro. Destino final: las arenas blancas y el mar simulando una piscina gigantesca.......Al principio la sensación de vacío bajo los pies, me impidieron disfrutar del paisaje, luego ya con valentía y adaptación, la inseguridad fué trocándose por admiración y adrenalina. La tupida, verde y oscura vegetación del morro contrasta con el azul turquesa del mar y los innumerables puntos de colores sobre la arena. Por momentos las bolitas quedan suspendidas en el aire, por alguna razón que nunca supimos, apenas segundos que nos adentraban nuevamente en una sensación de temor y soledad. Llegamos a la pequeña y paradisíaca bahía. Mucha gente, algunos ya bronceados, otros como nosotras, enrojecidas por el ardiente sol. El agua transparente invitaba a refrescarse. A lo lejos el barco pirata hacía su travesía por las dos playas una y otra vez......Los distintos aromas inundaban el espacio reducido: bronceadores, cremas humectantes, y por momentos un soplo a mariscos nos hacía respirar profundo.....¡A bañarnos! dijimos las tres al mismo tiempo. Nos sumergimos en el agua fresca, al principio, sobre nuestra castigada piel, pero luego dulcemente tibia y salada...Pasamos minutos, quizás horas jugando y nadando, el tiempo no existía para nosotras...........Cuando decidimos volver, percibimos que nos dolía la piel. Sin hablarnos pero con una mueca de disgusto, sabíamos que esa noche no sería fácil.....Subimos y bajamos el morro nuevamente, pero en reversa, ya sin miedo, parecía ser un viaje habitual, las risas, las fotos y las exclamaciones llenaron el pequeño recinto esférico.......Al llegar a nuestra morada, nos sentíamos agotadas pero felices, aunque una leve sombra de disgusto nos inquietaba. Los rayos solares, intensos, implacables, dejaron terribles huellas en nuestra piel que estaba roja, caliente, tensa, ardiente. Priscilla, mujer entendida en muchas áreas, tomó una audaz desición: juntó claras de huevo (puro colágeno) y nos untamos unas a otras con el pegajoso líquido, que al secarse formó una película blanquecina y quebradiza sobre nuestros hombros y espalda. Nos sentimos aliviadas y salimos a pasear por la costanera. Estábamos tan satisfechas con nuestro espectacular día que no nos importaba oler no precisamente a jazmines!!!!

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